LA VEGETARIANA: Yeonghye, la mujer rebelde
LO QUE NO PUEDES HACER CON UN ÁRBOL ES ENTENDERLO
Unas personas
te llevan a otras y así sucesivamente. Con los libros ocurre lo mismo, decía
Martín Gaite. Y siguiendo ese hilo se desmadeja nuestra lectura de hoy.
Personalmente,
a la literatura
de Han Kang llegué a través del
libro Contra
Amazon, esa recopilación de
crónicas y artículos sobre viajes, librerías y otras lecturas del incansable
Jordi Carrión. Allí, en un texto dedicado a Seúl, se cuela la obra de esta
autora que alcanzó resonancia mundial a raíz del Man
Booker International Prize 2016 por la traducción al inglés de la que
sería su tercera novela, La
vegetariana (el original
se publicó en Corea del Sur en 2007). En España, la traducción corre a cargo de
Sunme Yoon y lo publicó la editorial :Rata_ en 2017. El último
libro publicado en España de Han Kang es la novela Actos
humanos (2018), también en Rata Books.
Que no os
engañe el título: esta novela muerde. Es una planta carnívora. Seas o no de la
tribu del tofu, que al fin y al cabo aquí importa poco si le das al churrasco o
la quinoa, la cruda resonancia del cuento te arrastra: hay libros que te
sientas a leer, y libros que te sientan. Entre la verdad
y el eslogan, éste podríamos sintetizarlo
como la historia de una mujer que deja de comer carne para transformarse en
árbol. Huele a Kafka y a Melville, suelta esporas.
Yeonghye,
sumisa esposa, sufre descarnados sueños. Una madrugada, insomne frente al
frigorífico, su marido se la encuentra metiendo en bolsas todo lo animal
comestible. Ha tomado una decisión: renunciar a la carne. A la violencia
humana. A la humanidad misma. Un no rotundo. Y no es no. Esa renuncia sin
ambages resultará un desvío de la norma, un descarrío, y será acogida con desprecio
e incomprensión por su entorno. Yeonghye, la mujer rebelde.
Si
abandona la ingesta de animales es para tomar distancia [el primer paso de un arduo
proceso de liberación, resistencia pasiva y reconciliación] con respecto a la voracidad
humana que necesita del desgarro para simplemente alimentarse. La violencia
como apéndice sustancial de la propia humanidad y la posibilidad de empatía en
este desierto de la incomprensión, más o menos ahí radica, grosso modo, la
almendra del libro. Asuntos como la identidad, conciencia, corporalidad,
incomunicación, la presión social, el sacrificio o la resignación asoman entre
las ramas de este tríptico por momentos tan lírico como macabro. Y ese magma
moral se filtra perturbadoramente a través de una familia surcoreana cualquiera:
Yeonghye, su hermana y sus respectivos maridos. Aunque Yeonghye es la
protagonista de la historia, la vegetariana a quien se refiere el título, su metamorfosis
se narra precisamente desde un prisma de miradas indirectas (las tres partes en
que se divide la novela: ‘La vegetariana’, desde la desconsideración del marido;
‘La mancha mongólica’, desde la oscura atracción del cuñado; y ‘Los árboles en
llamas’, desde la tribulación de la hermana). Esa construcción tamizada de la
protagonista, interpuesta, se complementa con las abruptas pesadillas de
Yeonghye en crudo y sus escuetos diálogos traídos a colación por terceros,
únicos momentos en que adquiere voz propia la misteriosa mujer.
Esa protagonista
delineada en claroscuro (porque revelar es esconder con elegancia, como bien
saben Zizou y los gatos) es uno de los resortes claves de la imantada atmósfera
del libro, el propio hueco de su caja de resonancia. En esa indeterminación tan
humana, identidad difusa, enraíza cuanto hace eco durante la metamorfosis. Así,
por ejemplo, aunque aparecen algunos nombres propios, resultan más bien
esporádicos, siendo lo normal apelativos que orbitan el campo semántico de la
familia tales como hermana, padre, madre,
cuñado, esposa, una forma de referir la férrea e impersonal tutela del
círculo íntimo, hasta el punto de que el marido de Yeonghye apenas la llama por
su nombre, sino que la nombra como ‘mi mujer’ o ‘ella’. Las referencias a la
corporalidad y la mirada, social o íntima, no son anecdóticas, desde la ausencia de sujetador en Yeonghye durante reuniones públicas como presagio de la desgracia en ciernes para el marido, pasando por la mancha
mongólica en la nalga y los coitos vegetales filmados del cuñado, al revelador lamento
de la hermana casi al final. [FOTO] Quizá la frase que mejor resume el
canibalismo social hacia quien dice no y se posiciona contracorriente
(degradando con la inanición su propia materialidad para más inri, el cuerpo) es
la advertencia de su madre durante la cena de la discordia: ¡Mira
el aspecto que tienes! Si no comes carne, te devorará el resto del mundo.
Resumiendo, el
libro, además de pulir la conciencia en una lectura, se deja rascar con gusto.
Quedaría por sumergirse en el aterrador mosaico de sueños y recuerdos que
siluetea emocionalmente la figura de Yeonghye, de donde ahora rescato ese
pasaje del perro que la mordió de niña y que me hizo pensar en aquellos malos recuerdos de Gamoneda (la
vergüenza es un sentimiento revolucionario). O los
luminosos contrapuntos de las conversaciones consigo misma o con su hermana
(también alguna secuencia del body paint
con el cuñado) sobre el delirio terrenal de ser árbol, su preparación y
aprendizaje, volcada ya a una ósmosis vertical e inmóvil bajo el sol,
inquebrantable. Y si la violencia permea la obra (aun a riesgo de
sobreinterpretar aprovechando el feminismo rampante), es especialmente sobre la
mujer donde parece asomar más cruel y soterradamente. Se podría hacer una línea
de puntos que hilvanara la novela con agresiones y abusos físicos de amplio
espectro: desde la humillación y la violación gastronómica de Yeonghye a manos
de su padre en la cena de la discordia, hasta la intubación gástrica del
sanatorio contra su voluntad, pasando por toda esa violencia sorda, latente, donde
se columbran violaciones conyugales como actos cotidianos, o al menos
normalizados.
Y si la
violencia era el envés de las hojas, el haz es la empatía, la posibilidad de
ponerse en el lugar de los otros más allá de cualquier forma de especismo, y que
para Yeonghye se encarna en lo vegetal como símbolo de liberación y convivencia
pacífica. Antes de construir, hay que
aprender a habitar, dejó anotado Chillida. Así, si el saldo global de la novela
parece bascular más bien hacia lo trágico, azuloscurocasiabsurdo, con toda esa
violencia enfrentada desde el ‘no’ y la renuncia como conciencia en vilo
contracorriente, creo que en la propia convicción de Yeonghye con su mezcla de
fragilidad y resolución, así como en el desarrollo narrativo, existe un envés
del limbo donde hace nido la empatía, o un atisbo de ella. Hacía ahí creo que
apunta, o yo así lo he sentido, la evolución de la perspectiva
sobre Yeonghye a partir de los otros personajes, con una gradación positiva que
en líneas gruesas iría desde la incomprensión y el desprecio más absoluto del
marido en el primer capítulo; la fascinación, el deseo y el abandono del cuñado
en el segundo; hasta la firme lealtad de su hermana (los hombres han abandonado, se fueron) que entre el agotamiento y
la mortificación, tal vez en sus devaneos por comprender a su hermana, alcanza
ese punto de lucidez que pone en perspectiva el aparente sacrificio y explica
la locura. Pienso que ahí hay una pulpa de entendimiento mutuo. O tal vez tan
solo halle la hermana en esa superposición de anhelos y responsabilidades su
particular punto de fuga, un delirio donde descansar un rato mientras arde el
bosque.
Yeonghye, la mujer rebelde
Aunque la
acción está ubicada en Seúl, no es, digamos, algo sustantivo para lo que
narrativamente se aborda, y el eco del relato (de ahí su potencia) se hace
universal, por más que algunas situaciones puedan resultar cuestionables o
exageradas como occidentales. La propia autora cuenta en algún sitio que
algunas escenas están llevadas al extremo, de modo que tal vez pensar que en
Corea del Sur el vegetarianismo es imposible por imperativo cultural o cosas
por el estilo como clave interpretativa no sea muy adecuado. Mejor mirar la
caricatura o el absurdo como fuerza simbólica. Al fin y al cabo, la novela
pretende confrontar, cuestionar lo humano hasta la médula misma si es
necesario: ¿y por qué no puedo morirme?,
le dirá Yeonghye a su hermana dejándola (y quedándose ella, por fin) sin
palabras. En el centro de La vegetariana
prende un enigma que nos interpela furiosamente, una oscura consideración que
agrieta el confort de la inercia.
Albert
Camus solía decir que la conciencia vale más que la supervivencia, y Yeonghye
habría asentido. Que la única cuestión filosófica realmente seria es el
suicidio. Entonces ocurrió algo espectacular: fuimos poco a poco elevándonos exactamente
a la vez nos hundimos en la tierra más y más y así llegó el instante en que ya
éramos pequeños gigantes…
Nacho Vegas, Ser Árbol
Para los más curiosos,
apuntar que la novela surge a partir de un relato de la propia autora, The fruit of my woman, el cual está accesible en inglés en la revista
literaria Granta (versión de la traductora al inglés de la
novela, Deborah Smith). En realidad, aunque éste sea el texto seminal, he leído que la
novela ensambla tres antiguos relatos reelaborados. Y aquí
abajo un extracto del libro de Carrión muy pertinente:
Se
acabó. Bueno, ah, se me olvidaba, para los más cafeteros existe una adaptación cinematográfica homónima
del 2009 a cargo del director Lim Woo-Seong. No la he visto, vosotrxs
diréis. La que sí puedo poner sobra la mesa es Okja, del surcoreano Bong Joon-ho, una
fábula a favor de la empatía frente al consumo masificado y acrítico de carne.
Okja (Bong Joon-ho, 2017)
Unos libros te llevan a otros y así
sucesivamente, es la marca de ceniza en la frente de la tribu, coloquio de
semillas en la cresta de la ola.
Mariano Peyrou
Estudio de lo visible
Pre-Textos, 2007
un árbol
puedes hacer varias cosas con este árbol
cubrirlo de un color original o dibujarlo en tu mente como
si fuera un río
talarlo con las uñas hasta modificar tu percepción del
tiempo
calcular su altura y equivocarte y no darte cuenta
puedes olerlo como si pensaras sin palabras
esconder sus raíces debajo de la tierra y pintar de verde la
más verde de sus hojas
sentarte sobre lo que fue su sombra y esperar a que se haga
de día
definirlo para que sea a la vez hermoso y artificial
inventar un incendio y salvarlo
cambiarlo por el derecho a desplazarte por el prado
convertirlo en papel y describirlo de una forma diferente en
cada folio
caminar en círculos alrededor de cualquiera de los árboles
vecinos
pincharlo con un alfiler para constatar que no se queja
tener una larga conversación a la luz de sus pájaros y
descubrir que alberga tantas contradicciones como alas
puedes tomarlo como ejemplo en un ensayo sobre la
horizontalidad
amarlo compasivamente pensando en los poderosos vientos que
trajeron desde las estrellas la materia que lo forma
palpar su rugosidad con cada uno de los dedos o con la palma
entera
lo que no puedes hacer es entenderlo
También puedes escuchar
la recomendación en
Comentarios
Publicar un comentario