MEDEA Y LA COMPASIÓN. Oficio de conselaciones I
No hay gran cosa que diferencie a la
reina Medea de la virgen María:
ambas arrojan al mundo hijos muertos.
Pascal Quignard
La comunidad de las víctimas es la misma
que la que une la víctima al verdugo. Pero el
verdugo no lo sabe.
Albert Camus
Caer al mundo
es oficio
de tinieblas
Medea, Chantal Maillard
Chantal Maillard, de origen belga pero
nacionalizada española, es filósofa y poeta. Ha sido profesora de Estética y
Teoría de las Artes, y está especializada en filosofía y religiones de la
India, país en el que vivió y cuya impronta calará en su devenir estético. Vagando
en los límites, casi extraterrestre en el ruedo ibérico, su obra constituye una
de las voces más profundas, comprometidas y coherentes de las últimas décadas. Entre
otros, ha merecido el Nacional de Poesía por Matar a Platón o el de la Crítica
por Hilos.
Todo círculo es vicioso:
en cualquier punto en el que inicies
el trayecto
te encuentras al final del mismo.
En cualquier punto estás en el inicio.
Medea, Chantal Maillard
[A modo de display rápido:
si quieres leer las primeras páginas del libro, aquí;
si quieres ver una versión del clásico de Eurípides en RTVE, aquí;
y si quieres escuchar a la autora leyendo Medea, aquí
(a partir del minuto 13)]
También puedes leer y escuchar una breve reseña en el programa Hoy por Hoy Bierzo,
OFICIO DE CONSTELACIONES I
Estas
reiteradas apelaciones entre mis libros de poemas y mis diarios son cualquier
cosa menos arbitrarias. No sólo son una manera de salvar las fronteras que
denominamos ‘géneros’, son
también y sobre todo los enlaces invisibles, las referencias que invitan al
lector a convertirse en detective y a realizar gestos que le llevarán, de uno a
otro libro, a reconstruir la trama en la que un poema es apenas el fragmento de
una hebra.
Chantal Maillard
Es la
suya una literatura especialmente orgánica, de trasvases y cuerdas
re-percutidas, resonantes, que entrelaza la prosa de sus diarios y ensayos con
sus libros de poemas. El caso de Medea será un
ejemplo más de este linaje osmótico[1].
Varias de sus obras son en sí una forma de híbrido, vampiricen o no materiales
de otros de sus libros: así el fascinante y perturbador poema Matar a Platón como escenografía del
instante con subtítulos o, más cercano y pertinente, La
compasión difícil, un demoledor ensayo que en su deriva se resuelve
dramáticamente, es decir, de forma dialogada: una conversación entre la legendaria
cólquide y una anciana que a ella acude.
De esas Conversaciones con Medea,
como un destilado, mana Medea, el
poema. Subsumida la voz de aquella anciana en la de la propia Medea, lo que
allí era diálogo fluye ahora como un monólogo dramático donde cada texto es una
hebra del discurso de la mítica hechicera. Medea la que silba, la sibila, la
que sabe: no en vano su voz deja un poso oracular ya desde
el primer fragmento: ¡Cuida bien tus
deseos, tú / que vienes a oírme, / no sea que se cumplan! […] Contempla tus errores / tú que ahora
penetras en mi celda, / que yo consideré los míos hace ya mucho tiempo. O este
otro aviso a navegantes: tu mente es la
sirena que obstaculiza el viaje […] la ruta más difícil es a veces / aquella
que se emprende / sin moverse de sitio. Viaje, sí, pero hacia dentro, bajo
la línea de flotación de la conciencia. Una voz que se desentraña a través de
los 48 fragmentos que ensamblan los tres actos en que se divide el poema. Cada acto
va precedido de una casi balbuciente acotación que sitúa la escenografía,
mínima, y da leve cuenta del transcurso. La segunda acotación, además, funciona
como réplica del ‘coro clásico’ –Nosotras, las mujeres– y catalizador del
propio entretejer de Medea. Escuetas declinaciones de la luz. Trapisonda.
Pespuntes.
Elementos mínimos. Evanescentes. Rasgos adelgazados. La
poética de Chantal apela al despojamiento, a la enunciación indispensable, necesaria.
Palabras que apuntan a un gesto que es silencio a la escucha. Una aguda
percepción de lo elemental desde lo elemental: cuerpo y acontecimiento,
vibración, herida común. La trama que nos une, el destejer que nos asienta. Un
decir que mengua, apenas trazo, infinitivo. Su estética es ética haciendo
hueco: aminorar para dejar sitio al ritmo, la resonancia. No ya del lenguaje –lujosa encuadernación de la ignorancia o
yelmo del entendimiento–, sino de los
cuerpos mismos, trémulos, sonoros. En algún libro Maillard anota: Si preguntan quién soy, contesto: vibro a
mayor velocidad que un árbol. Pero antes de irnos por las ramas, volvamos a
Medea.
Fragmento 20
Medea,
hija del rey de la Cólquide, había llegado a Corinto después de ayudar a Jasón traicionando
a su propia familia, casarse y haber tenido con él dos hijos. Allí, Jasón la
abandona por la hija del rey Creonte. Medea, mujer y extranjera, es desterrada
con su prole, pero antes asesinará a la flamante esposa, al rey y a sus propios
hijos. Luego huiría. Hasta
ahí los clásicos.
Ha pasado
el tiempo, y en una barca que pudo ser en la que huyera, anciana de siglos,
Maillard nos devuelve a la leona infanticida. La Medea de Chantal surge de la versión que hizo el
director de cine Lars Von Trier. De uno de los gestos de esa película
tomará la autora la fuerza simbólica para resolver su escritura –primero
en el ensayo, después en el poema– haciendo de Medea la identidad potencial que encarne
y condense los pensamientos diseminados a lo largo de La compasión difícil, cuya segunda parte se titula precisamente: Mérmeros o la compasión.
Mérmeros
no aparecerá en el poema. Pero el gesto ya se ha infiltrado en Medea. Quien
sacrificó lo que más amaba, un personaje de difícil compasión, se erige en
heraldo de una nueva ética, digamos por resonancia, incardinándose en una
cosmovisión que sintetiza las preocupaciones e indagaciones de Chantal
Maillard, desde la crítica del lenguaje y la teoría del conocimiento al respeto
y la empatía por el resto de las especies.
Una
fantasmal Medea encallada en una barca a la deriva por su dolor desmadeja el
hilo de la vida hasta la violencia
radical del hambre, el círculo que nos ata: todo lo que existe le roba a otros el aliento. Desde esa intemperie,
sin concesiones, orientada por un sufrimiento que siempre acude en singular
pero que es eco de un desamparo mutuo, pone el dedo en llaga de la creencia y la
razón, los prejuicios heredados y el olvido o desorientación del ego humano
para aprehender lo esencial: esa pulsión que reconoce la orfandad común, y da
cobijo. El animal en mí, que le gusta
decir a la autora. El no saber cargado de
compasión por los seres que viven con su hambre.
Medea asume su crimen, sí, pero lo
hace dentro de un campo de batalla mucho más amplio que diluye las convenciones
sociales, las subvierte. Sus coordenadas desbordan incluso la más elemental percepción
–especialmente
occidental– del
mundo, de lo que llamamos realidad (el estupendo fragmento
3 puede ser elocuente síntesis. Y ya por enredar, ver el tercer capítulo de Midnigth Gospel. ¡Toda
la serie, qué coño!). Como decíamos, Medea es médium o toma de tierra para las
ideas que aparecen en el ensayo La compasión difícil,
algo así como la cristalización dramática de toda una primera parte del ensayo
que lleva por título ‘El hambre’. Allí Chantal muele y demuele, desde la
etimología hasta lo cosmogónico, varios puntales de la civilización. Es un
libro que trata de asumir el dolor y la mortalidad sin patetismos impostados,
como quien se ofrece. Partiendo de la constatación de que la violencia es ley
en el reino del hambre, donde resulta ineludible el sufrimiento, se discurre
sobre ese ser para la muerte encauzando conceptos como la maternidad, el
nacimiento, el suicidio, la culpa, la respetabilidad de las creencias, el telar
del lenguaje y de la mente, el juicio. Resulta crucial, por ejemplo, su
cuestionamiento de la piedra angular del humanismo, la vida como un bien en sí:
Que la vida quiera ser vivida no
significa que sea un bien. Ingerimos gustosamente los que más nos daña. (¿Os
acordáis de Ayuso y los menús de los colegios escolares? Pues eso. Nota mental:
hacer un meme de la presidenta con la frase de Maillard. Y moverlo en redes del
Opus). En resumen, La compasión difícil
es un libro incómodo, crudo, nada condescendiente (como crudo parece padecer
con Medea; o compadecer al hombre, soberbio e indolente), con un delgado margen
para el optimismo cifrado en ese gesto de Mérmeros como la posibilidad, la
necesidad de una ética más empática. Valgan como aproximación estos extractos:
Toda esa filosofía, que es la puesta
al día de las indagaciones de la escritora, embebe a la Medea del poema. Caer al mundo es oficio de tinieblas,
dirá ésta de forma lapidaria. Y en otro sitio: cómo reunir las fuerzas suficientes para contrarrestar, restar,
arrestar la pulsión de vida y decir ¡No! […] Nuestra es ahora la tarea. Detener la rueda, cortar las cuerdas que
mantienen a todo aquel que nace asido al hambre y al terror. O este desgarrador
poema sobre la maternidad:
Para terminar con la sintonía entre
estos dos libros, veamos una de la reflexiones sobre la piedad y la compasión desde
el ensayo, y cómo se vierte dramáticamente en el poema con la acotación que
precede al segundo acto y la consiguiente réplica de Medea
Al
principio del poema se habla de un viaje, como veíamos más arriba. Viaje inmóvil.
A uno mismo. No al yo, sino a sus catacumbas. Hasta quedar a la escucha,
oliendo el aire. La voluntad en calma y
la barca –el cuerpo- a la deriva, dice Medea. Sólo gesto, que es como acaba
el poema. He ahí un comienzo del camino al otro. La compasión. Eso hace el
poema, la propia heroína: el discurso a fragmentos de un fantasma que se va
desvaneciendo hasta vibrar tan rápido, o tan lento, como los muertos. Deslastrarse del yo, de la historia personal,
del telar que la mente construye para afianzar la ilusión de continuidad como
una pantalla que nos desliga del acontecimiento. Menguar en soberbia. En ese
descenso hacia el animal desemboca el
tercer acto. La desintegración gradual de su voz a lo largo del poema, su
paradójica lección de escucha. Silencio que apunta al antes de la inteligencia,
del logos. La inocencia que reconoce la herida.
Revertir la mirada.
Sanear
la historia personal.
Limpiar la llaga.
para hacer transparente la membrana
y ver
cumplirse el universo
en cada una de sus múltiples
fragmentos.
Nos salva la atención: estar entero ahí
donde uno está
J. Riechmann
Valga todo esto como aproximación al
último libro de Chantal Maillard. Y como invitación general a una literatura de
alto voltaje. En otra entrada complementaria espigaré algunos fragmentos de Medea con otros libros de poemas de la autora,
para trazar breves pasadizos o latencias. También traeremos algún otro texto sobre
la ética de la compasión, el animal en mí, el lenguaje y la construcción de la conciencia
y la percepción. Cerramos con un extracto del libro La baba
del caracol, donde la autora reflexiona sobre la creación y habla de la 'poesía necesaria':
Finalmente, un vídeo donde Chantal
Maillard hace una lectura de algunos pasajes del poema, en consonancia con las
conversaciones del final del ensayo, cuando todavía no se había publicado el
libro Medea. (Reproducir a partir del
minuto 13).
Tenemos el poder de desafiar a los genes
egoístas de nuestro nacimiento y, si es necesario, a los memes egoístas de nuestro
adoctrinamiento. Incluso podemos discurrir medios para cultivar y fomentar deliberadamente
un altruismo puro y desinteresado: algo que no tiene lugar en la naturaleza, algo
que nunca ha existido en toda la historia del mundo. Somos construidos como máquinas
de genes y educados como máquinas de memes, pero tenemos el poder de rebelarnos
contra nuestros creadores. Nosotros, sólo nosotros en la Tierra, podemos rebelarnos
contra la tiranía de los replicadores egoístas.
El gen egoísta, Richard Dawkins
[1]
Paradigma de esa permeabilidad podría ser el tándem que conforman los libros Husos
e Hilos. Otro
caso, apuntado por la autora en la nota a la edición de 2009 de Hainuwele
y otros poemas -y de donde tomo la cita que abre este apartado-, serían
los vínculos entre los poemarios Lógica
borrosa y Conjuros
con respecto a los diarios de Filosofía
en los días críticos.
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